Este film llegó a mí en el momento perfecto, casi como si el destino lo hubiera planeado. Acababa de leer Hamlet y de ver la adaptación de Franco Zeffirelli, una versión que traslada la obra al cine de forma casi literal. La tragedia de Shakespeare narra la historia del príncipe Hamlet, quien, tras la aparición del fantasma de su padre, descubre la verdad sobre su asesinato y la corrupción que ha consumido el reino bajo el mando de su tío, un rey hedonista y usurpador.
Aquella noche, sin mayores expectativas, me acosté a explorar MUBI en el televisor, y ahí estaba. Había oído hablar de Grand Theft Hamlet, pero nunca me había entusiasmado demasiado. Desde la perspectiva de alguien con escaso conocimiento sobre videojuegos, me preguntaba si los personajes lograrían conmoverme. ¿Cómo transmitir emoción sin expresiones faciales, sin el lenguaje de la cámara?
Pero estaba equivocada.
Grand Theft Hamlet (2024) es un documental que sigue a dos actores, Sam y Marck, quienes, desempleados en plena pandemia, deciden montar una producción de Hamlet dentro del videojuego Grand Theft Auto Online (GTA). Lo que parecía un experimento curioso terminó impactándome profundamente, sobre todo por la forma en que la violencia es representada.
En ese mundo digital, disparar es la norma y la comunicación parece un gesto casi imposible. La violencia se impone como el principal medio de interacción, recordando el universo de Hamlet, donde la traición acecha en cada esquina y la desconfianza lo consume todo. Al igual que en la obra de Shakespeare y en nuestra propia realidad, la corrupción se oculta tras la aparente cordialidad de las interacciones sociales.
Los protagonistas paran la violencia que el juego establece por la necesidad de actuar, de crear esto ocurre al encontrar un teatro dentro de GTA, transforman las normas del juego para realizar una representación de Hamlet. Lo que comienza como una broma entre amigos pronto se convierte en un proyecto serio. La necesidad creativa de Sam y Mark los impulsa a organizar un casting dentro del juego, con resultados inesperados, algunas actuaciones son brillantes, otras veces no se presenta nadie.
Los “actores” vienen y van; algunos abandonan la producción porque, en el que nosotros consideramos mundo real, hay convicciones del trabajo. Pero la virtualidad permite algo extraordinario: los participantes no comparten un espacio físico, no se conocen en persona y, en muchos casos, ni siquiera hablan el mismo idioma. Más allá del reparto, la obra necesito un equipo de seguridad dentro del juego para proteger a los intérpretes y evitar que mueran antes de terminar sus líneas. Es aquí donde entra en escena uno de los personajes más memorables: Parteb Mosmi, un jugador con una skin de lagartija humanoide, cuyo papel no es solo mantener el orden, sino demostrar que, incluso en un videojuego caótico, el arte sigue teniendo el poder de crear comunidad.
Más que en los personajes, la verdadera violencia en Grand Theft Hamlet proviene del entorno que los rodea. Dentro del videojuego, Sam y Marco enfrentan una brutalidad cotidiana, mientras que, en el mundo real, la pandemia nos sumió en una realidad desoladora y sin escapatoria. Mark, en particular, encarna la soledad y la angustia de quienes, durante ese periodo, temieron quedar cada vez más aislados. La “actuación” de estos personajes no solo refleja la complejidad emocional del confinamiento, sino que también evidencia cómo un rodaje dentro de GTA puede ser igual o incluso más desafiante que en la vida real.
Así como Hamlet reflexiona sobre la moralidad y el destino, este documental me llevó a cuestionar mi propio vínculo con el cine. Si otra pandemia nos obligara a confinarnos de nuevo, ¿cómo la enfrentaría? ¿Cómo me reinventaría para seguir haciendo lo que amo? Grand Theft Hamlet me recordó que, incluso en los momentos más oscuros—como aquellos que retrata Shakespeare—siempre parece existir una fuerza más grande que nosotros, un impulso inevitable hacia la creación.